Elías Nieto
Hoy
no desperté, me despertó una noticia, cuyo titular aún retumba en
mi cabeza: “Jack se ha retirado.
Hay una sola razón detrás de su decisión, y es la pérdida de memoria.
Realmente, a sus 76 años, Jack tiene problemas de memoria y es incapaz de
recordar las líneas. Su memoria ya no es lo que era”, decía el cable
internacional.
Francamente
no estoy sorprendido, ni enojado; sin embargo, no dejo de sentir lo mismo que
siempre experimento al escuchar sobre la muerte de un Sábato o en relación a la jubilación de un
García Márquez por un problema similar al de Jack.
Lo
que esta noticia ha traído a mi oscuro mundo cinéfilo es toda una gama de
buenos recuerdos infantiles, temores por saber si los malos en el mundo real
son tan “malos” como en las películas, y sobre todo por observar con pasión de
terapeuta las psicosis e insanias criminales que tan bien Jack Nicholson sabía
interpretar.
Recuerdo
que llegué a las películas de Nicholson gracias a la literatura, pues me
encontré con un libro en cuya portada aparecía el actor norteamericano con una
peculiar sonrisa maniática. El libro era una novela titulada Alguien
voló sobre el nido del cuco de Ken Kesey, un autor hasta entonces para
mí absolutamente desconocido.
El narrador, un indio americano que
vive internado en un manicomio, empieza su historia así: “Están ahí afuera.
Chicos negros con trajes blancos se me han adelantado para cometer actos
sexuales en el pasillo y luego limpiarlo antes de que consiga atraparlos”. Para
entonces admiraba a un profesor de Psicología a quien consideraba un eximio
conocedor del arte cinematográfico, y entonces le llevé el libro para
preguntarle por la identidad del lunático y el título de la película que el
libro había inspirado, (aunque hoy en día debo admitirlo, se lo pregunté porque
ese profesor tenía la misma mirada maniática) y él, simulando un profundo
análisis me dijo: “Si no llevara gorra podría reconocerlo”. “¿Cómo empieza?”
–Me dijo- y entonces le mostré la primera página que él leyó en voz alta.
“Ahhhhhh, solo alguien como Jack Nicholson puede actuar en una película así”
–sentenció a carcajadas, prometiéndome que me conseguiría “algo”.
Pasaron
años y no volví a ver al profesor, quizá terminó internado en una sanatorio
mental como McMurphy. Renuncié a buscar la película, pero ya había visto más de
diez producciones protagonizadas por Nicholson. Recordaba en especial Chinatown, con su extraña atmósfera en la que se
respiraba miedo al no sé “qué” y en donde la corrupción se internaba en todos
los estamentos del alma humana. Recordaba a Jack interpretando magistralmente
al Joker en Batman de
Tim Burton, pero sobre todo había quedado fascinado con su personaje en El
resplandor de Kubrick, un novelista que se encarga de cuidar un hotel
cerrado durante el invierno, pero que extrañamente termina enloqueciendo y
muere persiguiendo a su hijo en un laberinto de árboles y hielo. Con este
último personaje Nicholson construye todo un modelo de “psicópata” en
Hollywood, perennizando, además, uno de los momentos más
inolvidables del cine de terror.
Nicholson, por ser un
actor tan versátil, va más allá de las interpretaciones de personajes con
desórdenes mentales, pues recuerdo haber visto también sus trabajos en El
cartero llama dos veces, La fuerza del cariño, algunos hombres buenos,
Ejecutivo agresivo y la comedia en la que se complementa perfectamente
con Diane Keaton: Alguien tiene que ceder.
Post aparte para
películas como Mejor… imposible y Los
infiltrados, donde Nicholson se fue adaptando a los registros, planos y
destacados, de actores de todo calibre.
Estas y otra películas
habían pasado, o yo había pasado por ellas, sin que hasta entonces apareciera
ese “algo” que un día me prometieron. Sin embargo, un jueves, no de otoño, llegó Atrapado
sin salida a mi vida para cambiarlo todo. No sostengo que sea lo mejor
que hizo Nicholson, porque recordemos además que todo gusto es subjetivo, pero
sí creo que esta película (conocida en varios países con el mismo título que la
novela Alguien voló sobre el nido del cuco) nos muestra la
vitalidad de los límites en una interpretación, de como solo alguien que es
realmente un “actor” escucha al director, en este caso Milos Forman, para medir
sus impulsos y también escucha a su corazón para transmitir con sus actos toda
una vida.
Existen películas
timoratas que son salvadas por tener entre su elenco a un gran artista, existen
películas inferiores al libro del cual tomaron el guion, existen directores,
como los mencionados líneas arriba, que son orfebres y existen también actores
que nos hacen ver el mundo a través de sus roles y conocer su interior a través
de sus miradas. Uno de estos es sin duda Jack Nicholson que en sus
más de 60 películas, 12 nominaciones al Oscar (obteniendo dos por mejor actor
principal y uno por mejor actor de reparto) e innumerables reconocimientos, se
ha convertido en el ícono hacia el cual todo actor joven -entre tanto mediocre
que existe- debe apuntar.
Quizá la memoria sea la primera en pagar
tanta apropiación de personalidad que tiene que realizar un actor y un
escritor, en el caso de Nicholson todo es justificado y no nos queda más que
agradecerle por hacer un cine para nosotros, los neuróticos…
La locura no existe sino en una sociedad, como lo decía Foucault, además los
cucos no tienen nido.
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